En tiempos de crisis

En esta página se encuentran una serie de propuestas para hacer frente a la crisis en los tiempos que vivimos (Siguen un orden secuencial por lo que deberás ir descendiendo para encontrar las más recientes, ya que van de la más antigua a la última)

1. Reconocer las emociones 

En tiempos de crisis sobran las preguntas y escasean las respuestas. En especial en lo que refiere a la crianza de niños, niñas y adolescentes… Sobran los expertos y gurús que recomiendan, dicen, señalan, pero al final podemos culminar con la sensación de que seguimos extraviados. En este artículo no pretendo ofrecer la solución mágica, verdadera o última… pero sí aportar lo que desde mi práctica personal y profesional encuentro de utilidad. Insisto, cada familia, madre, padre, abuelos, tíos, hermanos, docentes deberán encontrar lo que se adecúe a su situación, sin embargo, de lo que quiero hablarles no creo entorpezca esa búsqueda. Para el inicio de esta serie he elegido el reconocimiento de las propias emociones, en los siguientes iremos desarrollando aspectos más específicos, pero para ello un paso a la vez…

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            El primer paso ante cualquier situación (de crisis o no)  es tomar una pausa para considerar ¿cómo nos sentimos? Parece obvio, sencillo y para pasar por alto. Justamente por esa condición es que con gran facilidad lo dejamos de lado y terminamos aspirando  poder abordar, manejar, y trabajar con las emociones de otros (hijos, pareja, compañeros de trabajo) sin saber si quiera cómo nos sentimos… Conviene aclarar que no se trata de poder sentir, ello pasa involuntariamente, sino poner nombre a cómo nos sentimos. No todas las emociones entrañan la misma dificultad para esta tarea, es sencillo decir que estamos alegres y darnos cuenta, lo cual no ocurre sin embargo con otras emociones más embarazosas como la tristeza, la rabia y el miedo… En momentos donde la sociedad nos ordena ser felices y divulgarlo por todas las vías posibles; como en las redes sociales, reconocer que no nos sentimos bien, que tenemos miedo, que no sabemos qué hacer o que estamos molestos por algo se vuelve más complejo.

            El mandato social es que respondamos de inmediato ante todas las situaciones, mensajes de texto, llamadas, emails, y así mismo ante los eventos que nos pasan con nuestros hijos o personas del entorno… Yo les invito a dar un paso en la dirección opuesta, ¿quién dijo que todo hay que resolverlo en el momento? (aclaro que no es una apología a posponer todo, o evitar lo que nos corresponde) De lo que se trata es de responder reflexivamente ante nuestro entorno. Si pasa un problema ¿responderemos igual si actuamos en automático o si nos tomamos el tiempo de pensar?

            Evidentemente pueden haber situaciones críticas que requieren una respuesta inmediata, sin embargo, estas suelen ser las menos comunes aunque podamos vivir de este modo la mayoría de lo que nos sucede. Si mi hijo está por tocar una hornilla caliente debo actuar en el momento, es mi deber protegerle, pero si el evento revise otra naturaleza, es algo que me afecta, pero que no implica una amenaza inminente ¿no podré abordarlo luego? Cuando me encuentre en capacidad de manejarlo con mayor clama. Supongamos que se trata de un una hija adolescente que llega a casa pasada la hora acordada, los padres se encuentran altamente preocupados por su seguridad y porque se ha roto un acuerdo… ¿Favorece la resolución del problema descargar todo ese miedo y rabia al momento? Muchas veces pasa que cuando hablamos en ese instante donde nos encontramos tomados por nuestras emociones terminamos diciendo cosas que se alejan bastante de lo que nos motivó a tener la conversación. El sentido de hablar es que nos preocupamos por su seguridad y el tipo de relación que tenemos con la adolescente. Tomar la decisión de abordar el evento en la mañana u horas después, cuando hayamos sido capaces de poner en orden la tormenta que llevamos dentro puede generar en sí mismo una gran diferencia.

            Y sobre este punto identificar las emociones es clave. La rabia y el miedo suelen con mucha facilidad aparecer, sustituirse y actuar como una sola… Aunque probablemente teníamos miedo de que algo malo hubiese pasado (en el caso de la adolescente) podemos terminar respondiendo desde la rabia, con lo cual cambia la manera en que lo abordamos. Si nos tomamos el tiempo de reconocer que probablemente sentimos miedo, y ese miedo condujo posteriormente a la rabia como una forma de hacerle frente podremos decir las cosas de un modo diferente.

            ¿Entenderá más el otro por un grito o si le explicamos cómo nos sentimos cuando pasó el conflicto? Aclaro sin ánimos de una fantasía ingenua que puede que le digamos al otro como nos sentimos y la respuesta no sea mágica o armoniosa, de hecho puede que inclusive a la otra persona también le asalten emociones poco elaboradas y responda de manera que nos desagrade. La diferencia estriba en que cuando tenemos claro cómo nos sentimos, qué causó ello, nosotros podemos no escalar en el conflicto y transformarlo en una situación peor… Somos capaces de no engancharnos, y de pensar en alguna solución. No se puede dar lo que no se tiene, y en esa medida, si el otro responde en automático, al nosotros hacer la pausa y poner en  orden lo vivido podremos con mayor facilidad encontrar un arreglo.

            Como mencionaba al inicio del artículo, hacer una pausa, pensar en cómo nos sentimos y no responder de manera automática no garantiza un final de película, sin embargo ¿podría empeorar la situación? Me veo inclinado a pensar que no. Actuar de manera impulsiva nos conduce a mayores daños que soluciones y ya sabemos que de poco sirve llorar sobre la leche derramada. La invitación en ese sentido es a hacernos dueños de nuestros tiempos, a conocer nuestros pulsos y elegir los momentos (siempre que sea posible) para hacer frente a nuestra realidad.

2. Objetivos a largo plazo: una luz al final del túnel.

Dentro de esta sección “En tiempos de crisis” iniciamos una serie de planteamientos que buscan poder contribuir en la búsqueda de respuestas en cuanto a la crianza de niños, niñas y adolescentes en contextos adversos. En esta ocasión partimos de dos preguntas ¿qué clase de persona quiero que sea mi hijo al crecer? y ¿qué tipo de relación quiero tener con él en 10 o 20 años? Plantearse esto puede parecer poco pertinente, bajo afirmaciones como “qué futuro puede haber si el país está así”… o “ahora no hay tiempo para pensar en eso, hay que resolver lo de hoy”. Sin embargo, tener claro a dónde se quiere ir es de vital importancia para poder optimizar los esfuerzos que se llevan a cabo cuando se cuenta con pocos recursos.

            Es habitual en la consulta y en los talleres que me toca facilitar escuchar como los padres tienen serias dificultades en la cotidianidad de la crianza, lo cual no ocurre porque la mayoría sean “malos padres”, sino por la forma en que abordan las situaciones con sus hijos. En condiciones normales los padres desean que sus hijos les obedezcan, no les contradigan, se mantengan en silencio, hagan las cosas rápidamente o sigan alguna instrucción específica. Estos aspectos son objetivos a corto plazo, los cuales se encuentran apuntando a la resolución de situaciones concretas, sin embargo, en estas encuentro que los padres invierten enormes sumas de tiempo y esfuerzo, con lo que al lograr lo que se han propuesto quedan realmente fatigados. Ponerse la ropa, recoger los juguetes, salir rápido de la casa, que ordenen su cuarto, entre otras tareas pueden ser verdaderas batallas en el hogar, con un saldo habitualmente poco positivo.

            Si preguntamos a los padres ¿qué clase de persona quiero que sea mi hijo al crecer? entonces encontraremos que desean sea una persona honesta, responsable, critico, independiente, seguro, educado, respetuoso entre otras características positivas. Y al hablar de la relación futura entonces remiten una de confianza, respeto, cercanía, afecto, tolerancia, comprensión mutua… La respuesta a estas dos preguntas nos remite a objetivos a largo plazo. La interrogante clave es ¿con batallas centradas en la obediencia y las tareas cotidianas se logra esto?

            No se trata de renunciar a los deberes, o a la enseñanza de hábitos y otros aspectos que promueven la convivencia. Se trata de pensar qué métodos utilizamos y en qué contexto esto se desarrolla. Si deseo que mi hijo sea una persona respetuosa, pero yo paso por encima de sus tiempos, necesidades y opiniones, difícilmente llegue a serlo de la forma en que lo quisiera. Los niños y adolescentes aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos, y en especial estos últimos tienen particular habilidad para detectar las contradicciones que exhibimos en nuestro comportamiento.

            Tener objetivos a largo plazo nos permite saber a dónde queremos ir y  orientarnos a modo de brújula en las situaciones concretas si vale la pena llevar a cabo una inversión elevada de tiempo o desgaste en algunos eventos puntuales, y más bien conduce a reenfocar cómo determinados momentos son oportunidades para trabajar en eso que queremos. La crisis constituye una excelente ocasión para poder formar en valores ciudadanos, en transformarnos demócratas, respetuosas de la diversidad y capaz de ejercer el poder de modo no autoritario.

            No se trata de renunciar a la autoridad que los padres o docentes tienen, sino a encontrar un camino más eficiente para su ejercicio. Me pregunto, ¿alguien que debe demostrar a cada momento el poder que ostenta y  cada desafío o interrogante lo amenaza nos transmite una impresión de seguridad? Escoger cuales son los momentos donde debemos tomar posiciones más firmes no significa perder poder sino reducir el desgaste.

            En tiempos de conflictividad donde puede resultar difícil salir de casa tener que discutir a cada momento sobre todas las decisiones genera en nosotros desgaste, lo cual nos hace más propensos a comportarnos de manera hostil. La idea es no llegar a ese punto, puesto que como mencionábamos en el artículo anterior las respuestas automáticas no ofrecen los mejores resultados y siempre podemos hacer pausas que permitan bajar la presión antes de responder. El objetivo a largo plazo marca la ruta, y para llegar a esta podemos emplear diversos caminos siempre y cuando estos mantengan la coherencia y nos aproximen.

            Para poder trabajar en una lógica de objetivos a largo plazo requerimos hacer uso de estrategias participativas, puesto que cuando incorporamos en la toma de decisiones cotidianas a los niños, niñas y adolescentes estos dejan de enfrentarse a nosotros y alcanzamos acuerdos más duraderos. Es conveniente pensar en qué clase de persona quieren ser ellos y cómo quieren que sea la relación entre ustedes… Construir un espacio en casa o el salón donde estos objetivos queden visibles puede ser un excelente recordatorio para todos de cuál es el plan que se tiene. Es conveniente recordar que como adultos tenemos control de cuáles son las alternativas que podemos ofrecer, y en esto reside una forma altamente efectiva de establecer límites.

            Los límites no son una cartilla de prohibiciones que arbitrariamente imponemos, sino por el contrario implican reducir la complejidad de la experiencia, lo cual dicho en otras palabras, significa proporcionar al niño, niña o adolescente alternativas que pueda manejar con su nivel de madurez. En consecuencia, sin necesidad de prohibir, sino teniendo presente cuáles son las características de mi hijo o estudiante, puedo proporcionarle opciones para afrontar las situaciones o retos que tenemos por delante, haciéndole sentir tomado en cuenta, útil e independiente, sin que por ello debamos renunciar a nuestra tarea de formar y proteger.

            Pensar en objetivos a largo plazo y un manejo adecuado de los límites nos lleva a acompañar a los niños y adolescentes en su proceso de desarrollo de manera respetuosa y con un menor desgaste personal. No precisamos hacer de cada evento una pugna, podemos por el contrario en los momentos que tenemos a mano aprovechar para construir ese futuro que queremos lograr. No se trata de hacerle ver al niño quien manda, sino de alcanzar esa meta que nos hemos dispuesto, y para ello es indispensable tener capacidad de perspectiva.

            En tiempos de crisis uno de los elementos que más nos pueden hacer sentir frustración o tristeza es no tener salida a los problemas que se nos presentan, lo cual es llamado habitualmente “visión de túnel”, es normal que nos sintamos desorientados y nos tropecemos. En ese sentido, pensemos en los objetivos a largo plazo como una estrategia para encontrar salida, tener propósitos que dirijan nuestros esfuerzos y por los cuales nos comprometemos es una manera de situarnos en el presente sin perder de vista la responsabilidad de nuestros actos. Articular esfuerzos para hacer posible la realidad que queremos es una empresa no solo necesaria sino estimulante.

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3. Calidez: brindar Seguridad y afecto.

brindar calidez

Ser capaces de manejar las situaciones de crisis sin violencia requiere como hemos referido antes conocernos, y ser conscientes de nuestras emociones, tener objetivos a largo plazo que orienten nuestro ejercicio de crianza y las relaciones que construimos. Sin embargo, en la cotidianidad hace falta acompañar esta práctica de otras herramientas, en esta ocasión quiero hablar de una de las dos claves que podemos utilizar para tal fin: la calidez.

Hablar de calidez significa proporcionar seguridad y confianza. Todos necesitamos sentir estos elementos para conseguir desarrollarnos y funcionar cotidianamente, sin embargo, en la cotidianidad esos mandatos culturales nos llevan a actuar en una dirección completamente opuesta. Es harto común escuchar “no cargues al niño porque se malcría”, o “déjalo llorar, si no va a saber resolver”… Entre otras frases de similar tenor. Lamento desilusionar a quienes leen este artículo si esperan encontrar acá un apoyo a esa forma de manejar la crianza, pero la propuesta apunta en una dirección completamente diferente.

El modelo de disciplina positiva plantea un principio fundamental: los niños no saben regularse, aprenden a regularse con nuestro apoyo, en ese sentido, no consiguen calmarse solos, no se fortalecen porque los sometamos a experiencias límite, sino que por el contrario, eso mella su desarrollo físico, mental y psicológico. De lo que se trata es de ir proporcionando seguridad y afecto como padres o cuidadores a los niños, de modo tal que poco a poco estos sean capaces de regular, nombrar e identificar sus emociones.

Cuando negamos el consuelo o la seguridad que nuestros niños buscan en nosotros estamos generando sentimientos ambivalentes que probablemente consigan ese tan temido mal de la “malcriadez”. Si nosotros somos capaces de apoyar, contener y hacerles saber que estamos allí para ellos, seremos capaces de proporcionarles una base sólida a partir de la cual sostener todos los procesos de exploración y aprendizaje propios de su momento vital.

Con la intención de hacer una pequeña introducción al tema debo referir que la calidez según Durrant (2013) tiene 6 aspectos claves, los cuales abordaremos brevemente:

  1. Asegurar que su hijo o hija se sienta seguro: Es fundamental que les hagamos saber que cuentan con nuestro apoyo independientemente de la circunstancia, que estamos para protegerles. En momentos de crisis es vital que antes de poder abordar cualquier problemática les hagamos sentir seguros y fuera de peligro. Si por la circunstancia en la que nos encontramos el peligro externo permanece latente, debemos permanecer junto a ellos si lo desean, para hacerles saber que cuentan con nuestro apoyo y protección ante cualquier riesgo.
  2. Asegurar que su hijo o hija se sienta amado, sin importar qué haga: Muchas veces por los problemas cotidianos que tenemos (en especial en tiempos de crisis) podemos estar irritables o menos receptivos a las interacciones con otras personas. Sin embargo, nuestros hijos pueden encontrar dificultades para comprender esto y pensar que hemos dejado de quererles, en especial si hemos utilizado el afecto como amenaza ante el mal comportamiento que puedan presentar en determinadas ocasiones. Es fundamental que les hagamos saber que nuestro amor está allí independientemente de lo que hagan, que podemos estar preocupados por otras cosas o inclusive disgustados en algún momento por alguna situación con ellos (si fuese el caso) pero que no dejamos de quererles. Si piensan que podemos dejar de quererlos probablemente se mostrarán más ansiosos, más demandantes de nuestra atención, lo cual puede generar una escalada en la tensión dentro del hogar. Recordemos que la base fundamental de la calidez es brindar seguridad.
  3. Mostrar amor en palabras y acciones: No basta con que asumamos que nuestros hijos se sepan amados o queridos por nosotros, es fundamental hacerlo explícito, decírselos, especialmente en situaciones difíciles, donde probablemente se pregunten por este tema. Nuevamente conviene señalar, que expresar claramente nuestro afecto no los hará más débiles, sino que por el contrario los fortalecerá en la medida que serán capaces de recibir afecto y darlo, de reconocer las emociones de otros y sentirse con la libertad de expresar las suyas. No obstante, solamente expresar nuestro afecto en palabras sin acciones que lo acompañen sería insuficiente. Requerimos demostrar en momentos de compartir, gestos y detalles lo que sentimos. No se trata de avasallar en acciones, sino que las demostraciones no se vuelvan infrecuentes y cuando aparezcan produzcan desconfianza. Demostrar el afecto es una reafirmación del sentir, y por ello hay que imaginar que se trata de una avenida de dos vías, una que dice y explicita lo sentido, y otra que sostiene, realiza y da contenido a lo dicho. Puesto que hacer sin decir, tampoco es suficiente y deja lugar a los malos entendidos
  4. Reflexionar sobre cómo su hijo o hija piensa a esta edad: Los niños, niñas y adolescentes son sujetos en desarrollo, y van adquiriendo diversas capacidades para comprender y manejarse en su entorno, sin embargo, este proceso es gradual y dependiendo del momento de su desarrollo entonces tendremos formas particulares de pensar, sentir y actuar. Por ejemplo si su hijo o hija tienen 2 meses, no existe forma de que se coloque en su lugar y comprenda que usted está preocupado por la situación del país, o inclusive comprenda que hay un riesgo en la comunidad o que usted no ha podido dormir en varios días. Si tenemos conocimiento de esto, podemos saber que sus reacciones “no me las hace a mí”, y es algo que escapa de su comprensión. Un niño entre 3 y 5 años puede preguntar insistentemente en momentos inadecuados, y no busca provocarnos, no lo realiza para producirnos malestar, puesto que esa es su forma de aprender en ese momento particular. Si reflexionamos sobre como sienten y piensan nuestros hijos e hijas a determinada edad, seremos capaces de brindar respuestas adecuadas al contexto, así como de sentirnos más orientados en el proceso. Ello requiere por supuesto que estemos altamente informados y preparados para los desafíos de cada edad (en entregas posteriores presentaremos contenidos específicos para cada edad, que puedan servir como orientación).
  5. Reflexionar sobre qué necesita su hijo o hija a esta edad: Como cada edad tiene características particulares, así mismo son las necesidades. Probablemente en los primeros años de vida requieran más tiempo directo de interacción, de supervisión y de acompañamiento, mientras que en la adolescencia requieran otras aproximaciones y manifestaciones de afecto. Es normal que los niños más pequeños necesiten expresiones afectivas de naturaleza más física que los adolescentes, los cuales quizá requieran sentir más bien que confiamos en ellos o respetamos sus puntos de vista. Así mismo, tomar en consideración qué pueden necesitar es clave en contextos de crisis, donde probablemente deemos tener el teléfono, los televisores o dispositivos conectados a las noticias constantemente, y sin embargo, deba interrumpir ello para que mi hijo o hija pueda ver alguna comiquita que le guste, o entretenerse de algún otro modo. En este sentido, es fundamental considerar que aunque la crisis es real y nos afecta a todos, las necesidades de recreación y esparcimiento deben ser tomadas en serio. No es una vanalidad que los niños quieran jugar, es fundamental para su desarrollo y requerimos encontrar espacios seguros para hacerlo posible.
  6. Reflexionar sobre cómo se siente su hijo o hija: Así como es vital reconocer cómo nos sentimos como padres o cuidadores, también lo es comprender cómo se sienten los niños niñas y adolescentes. Existen diversas vías a través de las cuales adentrarnos en este tema: preguntarles, aunque parezca obvio, no siempre lo hacemos en la cotidianidad; para ello debemos tener presente el momento evolutivo, dado que un bebé recién nacido no nos ofrecerá una respuesta a una pregunta como la formulada. Otra forma es observar, de qué forma se están comportando, ¿han cambiado sus hábitos? (forma de comer, dormir entre otros), ¿ha cambiado la forma en que se relaciona? (está más alejado, retraido, temeroso, irritable) ¿cómo juega? (los niños muchas veces no verbalizan lo que afectivamente les está ocurriendo, sobre todo en los primeros años de vida, sin embargo, en el espacio del juego representan los temas y aspectos que le generan preocupación) y por último comprender: especialmente en contextos de crisis si identificamos que nuestros hijos e hijas se encuentran emocionalmente afectados, bien sea por que se sientan tristes, tengan miedo o estén irritables. Debemos evitar reaccionar como si nada pasara o reclamarles por cómo se sienten. Debemos respetar sus sentimientos y buscar estrategias que permitan que hablen o expresen lo que les ocurre de modo que los conflictos puedan ser abordados.

En efecto, la calidez es una herramienta que puede facilitar la manera en que abordamos los temas cotidianos de la crianza así como la crisis, sin embargo, requiere ser complementada con otros aspectos. Más adelante desarrollaremos contenidos en este sentido, que permitan ir aportando más recursos que sirvan de referencia para el día a día.

4. Estructura: Brindar información

En el artículo anterior encontramos que para abordar la crianza con niños, niñas y adolescentes de manera no violenta existen algunas herramientas, dentro del modelo de disciplina positiva: calidez y estructura. La calidez remite a brindar afecto y seguridad, lo cual tiene mucha importancia, pero resulta insuficiente por sí solo, hace falta complementarlo con  estructura, que como enuncia el título se basa fundamentalmente en información.

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La información es muy importante, especialmente en tiempos de crisis, permite hacer frente a las situaciones cotidianas sobre la base de la seguridad emocional. Si tenemos el conocimiento suficiente podremos abordar los retos que se nos presenten. Estructura no implica prohibiciones, rigidez, restricciones, severidad. Nos habla por el contrario de explicar a los niños claramente lo que queremos que realicen, por qué lo queremos, implica apoyarlos y ayudarlos a aprender, siendo un modelo positivo que sea capaz de alentarlo a desarrollar sus propios pensamientos e ideas a la par que demanda resolver problemas juntos.

Tradicionalmente hemos aceptado que la mejor forma que un niño, niña o adolescente se comporte de la manera que esperamos es a través de la lógica del premio y el castigo. Sin embargo, ambos estímulos como bien pueden reconocer los padres pierden rápidamente efectividad, y demandan constante incremento de intensidad. Para que un premio sea estimulante debe ser superior al anterior, y hoy en día ello se torna particularmente complejo. Como contraparte el castigo sigue la misma lógica, puesto que ante el elemento o situación que utilizamos para causar malestar el niño pronto se adapta y este se vuelve irrelevante, lo que lleva a tener que emplear nuevas estrategias o métodos más severos para observar algún resultado.

Parece evidente que los seres humanos buscarán aproximarse a lo que les genere bienestar, y alejarse de lo que les incomode o cause dolor. Ello pudiera aplicar en cualquier otro orden del reino animal, sin embargo, las personas somos capaces de elegir caminos diferentes y el dolor no causa ese efecto mecánico que sostiene al castigo. De hecho, como mencionaba anteriormente el castigo en su escalada conlleva un notable riesgo, el uso de la violencia (porque busca causar malestar) que precisa de aplicar mayor intensidad pudiendo pasar de la nalgada a la correa, a los golpes, a las quemadas y pudiendo llegar como consecuencia a causar serias lesiones y la muerte. Tengamos presente que en circunstancias críticas o altamente estresantes los padres pueden perder el control al tratar de aplicar formas de castigo, que generan un ciclo de rabia, dolor y culpa poco útil para el aprendizaje y la convivencia en el hogar.

La invitación es a buscar mecanismos diferentes, que no se sostengan en el dolor y por ende fuera de la dinámica premio y castigo ¿ello significa que no hay consecuencias? No, al hablar de una crianza no violenta no nos referimos a dejar que los niños hagan lo que quieran, sino a utilizar métodos capaces de llevarnos a realizar los objetivos a largo plazo que nos hemos planteado. Con la intención de hacer una pequeña síntesis del concepto de estructura, tomaremos los 6 aspectos claves desarrollados por Durrant (2013):

  1. Dar directrices claras de comportamiento: Muchas veces creemos que las cosas que esperamos de nuestros niños son “de sentido común”, sin embargo, lo que para nosotros puede ser evidente es probable que no lo sea para ellos. En la comunicación humana es poco conveniente dejar cabos sueltos, resulta más apropiado decir qué esperamos de su comportamiento, de modo tal que el niño o niña tenga una referencia y nosotros podamos apoyarle en dicha solicitud.
  2. Explicar claramente sus razones: No basta con decir qué es lo que esperamos de ellos, sino que precisamos explicarles por qué lo hacemos ¿Las respuestas que se basan en “porque yo lo digo” favorecen que nuestros hijos sean las personas que queremos lleguen a ser? Ciertamente si deseamos que nuestros hijos al crecer tengan criterio propio y puedan tomar sus propias decisiones debemos enseñarles a pensar de forma autónoma. Para ello, en efecto tendremos que invertir tiempo, para que sean capaces de actuar por convicción en sus acciones y no por ser supervisados o para evitar alguna forma de castigo. Es necesario añadir que las explicaciones deben corresponder al desarrollo del niño, en cuanto a tiempo y a la complejidad del mensaje.
  3. Apoyar y ayudar al niño a aprender: Puede que lo que esperemos del niño sea algo que en este momento no consiga realizar, o que la situación que le toque enfrentar requiera de competencias que aun no ha desarrollado. Los padres y cuidadores debemos identificar qué información o habilidad requiere y facilitar su adquisición, proporcionándola o modelando justamente eso que se espera.
  4. Ser un modelo positivo: En congruencia con lo anterior, es indispensable ser un modelo congruente, puesto que los niños y adolescentes aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos, por lo tanto, si frente a las situaciones conflictivas reaccionamos de manera hostil probablemente veremos respuestas similares en nuestros niños. La manera en que abordamos los eventos cotidianos modela una pauta para enfrentar hechos similares en la vida de nuestros hijos. Ser conscientes del papel que desempeñamos los padres o cuidadores es vital, puesto que a través del propio comportamiento se puede generar un impacto notable en la forma en que el niño actúa.
  5. Alentar al niño a desarrollar sus propios pensamientos e ideas: Frente a lo que le planteamos a nuestros niños, y las razones que les damos debemos permitir también que estos puedan opinar y expresar sus dudas y pensamientos. Existirán momentos donde por su seguridad debamos tomar determinaciones contrarias a la forma en que estos piensen, sin embargo, es muy importante escucharlos y hacerles saber que nos interesa su punto de vista y si no lo compartimos lo respetamos. Abrir espacios para que existan diversidad de opiniones contribuye a bajar la tensión de los conflictos, dado que la imposición de puntos de vista único genera mayor malestar y dificulta el entendimiento.
  6. Resolver problemas juntos: Siguiendo la idea de modelar de forma favorable los comportamientos, debemos acompañar y apoyar a nuestros niños y adolescentes en la resolución de los problemas o circunstancias que enfrenten. Ello supone una oportunidad para enseñar cómo enfrentar dichas situaciones y hacerles sentir que no están solos. Ver que nosotros los acompañamos les motiva a enfrentar nuevos retos. En tiempos de crisis la forma en que podamos junto a nuestros niños y adolescentes encarar los retos que tenemos por delante nos permite fortalecer lazos y transformar momentos críticos en ocasiones educables.

Tras lo anterior es necesario indicar que tanto la calidez como la estructura son herramientas que se aplican en conjunto, muchas veces la efectividad de una depende de la otra, por lo que no debemos percibirlas como parcelas separadas. La estructura puede ser comprendida como un andamio que va de lo que el niño comprende ahora a lo que puede comprender con ayuda. Nuestro trabajo como padres o cuidadores pasa por acompañar y facilitar ese proceso a través del cual los niños consiguen comprender e intervenir en su realidad.

En contextos de crisis la información es un tema sensible, debemos suministrarla conforme convenga, evitando la sobreexposición, especialmente de contenidos relacionados con la violencia. Requiere de nosotros un esfuerzo interpretativo, pues justamente la tarea de orientar no implica imponer puntos de vista, sino proponer formas de entender y manejar lo que se está viviendo. Tengamos presente que aquello que nosotros evitemos hablar y sobre lo que los niños y adolescentes tengan preguntas será algo que otra persona o institución explicará… Nos corresponde la responsabilidad de enseñar a interpretar, a comprender y afrontar las situaciones difíciles. Si somos capaces de enseñar el proceso nuestros niños y adolescentes serán capaces de leer la realidad a la luz de los principios que hemos sembrado, puesto de lo que se trata es que en su desarrollo los niños y adolescentes puedan actuar de forma ética sin necesidad de la imposición de terceros.

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