El peso de las palabras

Puede parecer que las acciones pesan más que las palabras, las primeras dejarían huellas indelebles, mientras que las segundas se las llevría el viento. Hoy la realidad de Venezuela nos enseña que esa afirmación popular no solo es inexacta sino muy peligrosa.

Los tiempos que corren en la Venezuela que navega las aguas de la violencia, el fin de la República y resistencia ciudadana hemos visto que lo dicho pesa y se transforma en actos, en heridas,  muertes y  profundo dolor. En las últimas dos décadas hemos escuchado como desde el poder se emplean toda clase de calificativos que buscan minimizar, reducir, desprestigiar y deshumanizar al adversario…

Hay a quienes este comportamiento les parece gracioso, esperable, parte de nuestra idiosincrasia e inclusive loable puesto que “así habla la gente”. Sin embargo, parece que al hacerse cotidiano dejamos de pensar que estas expresiones suponen un gran peligro… Amenazar con las armas, con la violencia y lamentablemente con “el pueblo” (como si de un animal rabioso se tratase) se hizo rutina, y parecía un elemento retórico más, sin embargo, en estos últimos 100 días y más hemos aprendido que era el preludio de una práctica.

Se perdieron las formas y quienes tienen acceso al poder, a las armas y capacidad de dañar la han utilizado. Agrediendo diputados, ciudadanos, zonas residenciales, mujeres, niños y adolescentes, personas de la tercera edad… Todos aquellos que desafíen la tenencia del poder son un potencial objetivo.

Ante las violaciones a los Derechos Humanos por parte de los cuerpos de seguridad del Estado las autoridades han dicho que son acciones aisladas de funcionarios que se han visto sobrepasados en el cumplimiento de su deber. Sin embargo ¿esto es admisible? Categóricamente debo decir ¡No! Puesto que el sustrato del cual se nutren estos comportamientos, es la creencia de situarse más allá de la ley, arraigada  en esas palabras que pesan.

Patear, golpear, disparar, torturar a ciudadanos desarmados se hizo posible bajo esa matriz de que quienes protestan son “guarimberos, terroristas, fascisas” no ciudadanos, no personas, no seres humanos. Son un poco menos que eso y por tanto no merecen consideraciones, y nuevamente bajo el refugio del refrán popular “al enemigo ni agua y si está en el piso hay que darle patadas” la violencia se hace la única reacción posible.

represion

Hoy no solo debemos mirar sobre quienes ejecutan estas acciones, que son responsables y deberán atenerse a la justicia, sino que tenemos que recordar que quienes han abonado la deshumanización en el discurso son los artífices de una realidad por demás peligrosa y lamentable que vivimos.

Lamentablemente nos encontramos más cerca de Ruanda que de la suprema felicidad social. No olvidemos sin embargo, que las palabras pesan y aunque la justicia pueda tardar en llegar acabará por aplicarse. No habrá que hacer un arduo trabajo para recabar evidencias, bastará con escribir el nombre de quienes se encuentran ejerciendo el poder en youtube para situarse frente a infinitas confesiones de odio y resentimiento.

Espero desde lo más profundo de mi ser que seamos capaces de reconstruirnos no solo en lo material sino en lo subjetivo, no sólo en lo económico sino en lo discursivo, en lo social y veamos en el otro a un semejante, a un humano… Sólo sobre la base del reconocimiento mutuo seremos capaces de trascender este oscuro momento que atravesamos.

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