¿El niño sabe?

Esta pregunta resulta clave en el contexto educativo, donde modelos tradicionales le han situado como una tabula rasa que puede ser moldeada a voluntad, de ahí que  existan múltiples temores sobre lo que el docente puede enseñar al niño. Es mucha la responsabilidad que tiene, sin embargo, sería conveniente cuestionar el lugar desde donde se posiciona.

      Habría que partir de la diferencia entre  conocimiento y saber. Quizá el conocimiento en el sentido académico es algo de lo que el niño carezca, pero definitivamente posee un saber. El conocimiento proporciona una ilusión de unidad, de armonía, y por ello muchas veces nos refugiamos en él . No obstante, ese conocimiento se ve agujereado e insuficiente cuando el niño se muestra como sujeto con sus complejidades.

   El docente en otros tiempos contaba con el aval de su conocimiento, respetado y valorado, lo cual lo colocaba como autoridad. Hoy sabemos que ese lugar desfallece. En especial, frente a niños y adolescentes que dominan con mayor naturalidad las tecnologías que les proporcionan acceso a múltiples fuentes de información, sin embargo ¿ello significa que el docente no tiene nada que aportar?

     Puede aportar al ocupar un lugar diferente, uno que se sitúe en respeto al saber del niño. Pero ¿Qué sabe el niño? Como dice Jacques-Alain Miller (2011)* refiere que el saber del niño es uno sin semblante, o artificioso, sino que es auténtico, es sabido aunque el niño desconoce que lo sabe y sobre lo cual se interesa el psicoanálisis.

   El niño sabe, del lenguaje (por anticipación), de los secretos de la familia, del deseo de sus padres aunque ello los ubique como síntoma de estos, del deseo de sus maestros… Es decir, el niño sabe sobre sí y su relación con los otros…

  El docente, como el psicoanalista no puede ostentar un saber que no posee. El conocimiento que trae también resulta ineficaz para poder llevar su labor; no pretendo con ello desmeritar su formación. Se trata de posicionar frente a los tiempos que corren la necesidad de que pueda (así llevar al sujeto a que pueda jugar la partida con las cartas que le fueron repartidas tal y como asoma Miller (2011).

   Poder operar desde esa posición de respeto al saber, y que rompe con la ilusión de un conocimiento total que viene del Otro, permitiría, desde las limitaciones del caso posicionarse de una forma más honesta que permita fluir las relaciones en el aula. Es el vínculo y no el libro lo que transforma al niño.

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*Presentación del tema de la segunda jornada de estudio del Instituto del Niño, pronunciada el 19 de marzo de 2011, como conclusión de la primera jornada de estudio del Instituto del Niño.
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